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Hace aproximadamente 3800 años que en México existen cultos dedicados a la celebración del día de los muertos. Hay evidencias de que desde milenios en las celebraciones de este tipo ya se utilizaban ofrendas de objetos de cerámica y alimentos. La cantidad de estos objetos nos da una idea de la importancia de la celebración. Además de la continuidad del pueblo mexicano por seguir la tradición hasta nuestros días.

En el calendario Mexicá existían dos meses dedicados a las festividades de los muertos. El primero de ellos era el noveno mes y era la conocida como fiesta de los muertecitos, es decir, de los niños muertos. El segundo o décimo mes se dedicaba a los muertos grandes o adultos y era la entendida como gran fiesta de los difuntos, festividad en la que se sacrificaban a varios hombres, dándole a la celebración gran pompa, solemnidad y relevancia.

En la actualidad, el día 1ero de noviembre es dedicado a celebrar y recibir las almas de los niños o “angelitos” fallecidos y el día 2 de noviembre es dedicado a recibir las almas de los muertos adultos o grandes. En algunos lugares se dice que el 28 de octubre es el Día de los “Matados” o sea de aquellos muertos en accidentes o asesinados y que el día 30 de octubre llegan las almas de los niños que murieron que no fueron bautizados y que se les llama LIMBOS.

El festival que se convirtió en el Día de Muertos era conmemorado el noveno mes del calendario solar azteca, cerca del inicio de agosto, y era celebrado durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la “Dama de la Muerte”, esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la tierra de los muertos.

[Fuente Prensa San Diego.]

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[Foto extraída de Blogvecindad.]

La conservación de los muertos está intrínsecamente ligada a la creencia de la existencia de vida más allá de la muerte; y es quizá una de la primeras manifestaciones de humanidad, el primer paso a la civilización. Por eso todas las sociedades desde hace milenios conservan y respetan los cuerpos de sus difuntos. Lo contrario se entiende como principio de barbarie.
Pero en el siglo XXI, no son muchas cultura o pueblos que celebran de una forma tan pintoresca a los muertos como la sociedad mexicana.

El Día de los Muertos se celebra el 1 y 2 de Noviembre y es quizá la fiesta más curiosa del calendario festivo mexicano. El primer día es dedicado a los “muertecitos” o muertos pequeños y el segundo a los muertos adultos.

La cultura mexicana al celebrar la vida no deja de celebrar la muerte, reserva un día del calendario a festejar a sus seres queridos que ya no están con ellos. Los agasajan con comida: el famoso “pan de muerto”, platos y bebidas, además de llevarles música, bailar y recitarles las famosas “calaveras”, poemas divertidos en donde se ironiza con la muerte que acecha a los aún vivos.

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[Foto extraída del portal Rogers High School.]

Uno de los aspectos más característicos de la fiesta es la elaboración de altares y sus ofrendas. Las familias preparan con anticipación los altares que llenan de alimentos, bebidas, juguetes y demás que hacen de ofrendas para agasajar a los muertos. Así, el 31 preparan el altar de los niños y el 1 el altar de los adultos. Del mismo modo diferencian bien a quiénes van dedicados: en el altar de los niños no se coloca alimentos picantes ni alcohol, por ejemplo. Los objetos que se utilizan tienen que ser nuevos y sólo después de utilizado pos los difuntos es que la familia podrá utilizarlos. Son objetos de uso cotidiano que se colocan sobre una mesa cubierta de hermosos tapetes y adornada con flores y candelabros (de colores claros para los niños y oscuros para los adultos). La comida tiene que haber sido del gusto del difunto y en las usuales destacan: el mole, tamales, calabazas en tacha, pasta de camote, arroz con leche, chocolate, atole, “gordas” (tortilla gruesa) de maíz, tortillas, calaveras de azúcar, panes de muerto (unos panecillos pequeños con forma de galletas que toman diversas formas y tamaño según la región. También suele colocarse sal y azúcar, y vasos de agua (en especial “agua bendita”) ya que se piensa que los muertos en su viaje del más allá llegan sedientos.

La creencia popular dice que en esos días, los difuntos vienen a visitar a los vivos, y toman de las ofrendas su aroma y su esencia. Por eso, al levantar los altares, los días 2 y 3 de Noviembre, los familiares finalmente se reparten la comida que saboreó su peculiar vistante.

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[Foto extraída de El cáliz Azul.]